Empiezo a entender esa manía de agarrarse al dolor que leí
en tantas bocas. No es por placer, ni adicción, ni "la última forma de
amar". Es por miedo, el más simple de todos. Pánico a lanzarse a lo que
viene después: este asqueroso vacío. Es tremendamente grande, inmenso.
Justo en medio de este paisaje roto.
Entre tanto espejo ya no se qué reflejo es el mío. Pero volveré
a nacer cuando las montañas se tiñan de negro, como siempre he sabido hacer. Volverán
a caer astillas y agua tras los ojos. Porque quizá donde me sentí más perdida
fue el único lugar en el que pude encontrarme.
Y me quedo como siempre entre la búsqueda y la espera,
intentando averiguar si los metros que me separan del suelo me elevan o me
entierran.
Son tan claros los edificios que se comen el suelo.
Parece que todo sabe donde tiene que acabar /hasta aquí mi
cristal/ hasta aquí mi cemento/. ¿?
(Cuanto más me acerco a mí más lejos estoy de todo.)


