Tenían que saber, que todo aquello le rodearía.
Como las balas rompen el aire por el que pasan. Ahí queda,
el aire roto.
Tras la vías las rocas, las ramas y ladrillos. Los edificios
olvidados, con los ecos de otro siglo. Toda esa vida contrarrestada por la fuerza
de una velocidad que las atravesó de repente. Fuera de su tiempo, las periferias.
Tenían que imaginarlo. Montañas de ausencias revueltas en piedras
(más aire
roto)
Y es quizá ahí donde se queda la belleza, a veces. En lo que
no esconde su verdad. El lo que no debe tener vida, y no la tiene. En lo que
debe destruir, y destruye. En la mirada que puede quebrarte. Y lo hace.
Tenían que conocer la muerte, quienes pusieron ahí los
trenes.

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